lunes, 6 de marzo de 2017

ACTIVIDADES PARA MAÑANA:


ACTIVIDADES PARA MAÑANA:

Despertar agradecida;
por despertar,
por soñar,
porque existes,
porque lo sé,
porque siento profundamente,
porque me mueve la pasión,
porque en mi pecho arde la esperanza.

Vestirme de ilusión;
para seguir con mi vida,
para luchar por lo que vale la pena,
para imaginar que todo se puede,
para maravillarme de lo que pase,
para suspirar porque sucedió,
para creer que aún falta lo mejor,
para que sonreír siga siendo la llave.

Airam E. M.

(Imagen pintada por mi en acuarela)

miércoles, 22 de febrero de 2017

SENTIRSE EMIGRANTE...




Necesité irme lejos, muy lejos, cuanto más, mejor. 
Olvidarme de todo, pero de verdad. 
Poner tierra de por medio y sepultar recuerdos.
Necesitaba no sentir, no ver, no pensar. 
Hacer mil cosas nuevas por primera vez en mi vida. 
Sorprenderme a cada minuto con mis descubrimientos. 
Necesitaba que nadie me conociese y no conocer a nadie. 
Que todo fuera nuevo ante mis ojos y desprenderme de la sensación de ser yo, aunque doliera.
Necesitaba añorarte.
Necesitaba que todo lo que tuviese que ver contigo fuese gris y difuso. 
Que no latieras en mí, ni corrieras por mi sangre.
Necesitaba necesitarte.
Necesitaba saber si sabría vivir sin ti eternamente. 
Saber si podría respirar sin tu aire, dormir sin que me acurrucaran tus brazos, despertar sin tu escandaloso silencio.
Y lo hice. Me fui. Me alejé, me desprendí de todo y viví ausente de lo tuyo.
Te sentí lejana y transparente, difusa y confusa en mi mente con el paso del tiempo.
Te sentí entonces indiferente a mi partida, y deseé con toda mi alma volver a besarte, y que me acogieras y me dieras el calor que no hallaba, fuese donde fuese. 
Me sentí huérfano, solitario, perdido, descastado, frío, funesto, desesperado, ansioso totalmente de abrazarte y que me inundaras con tu aroma de siempre.
Y no quise ya más nunca abandonarte, ni dejar el camino de tu suerte.

Airam E. M.


domingo, 12 de febrero de 2017

EL CAMINANTE...





Se reía de todo y de todos, de la vida, de la locura, de la soledad, de la muerte...
No se dejaba conocer fácilmente, ni tenía amigos de esos de toda la vida, de los que tienen antigüedad, ni los buscaba. 
Tan solo pasaba temporadas en unos sitios y en otros, sin compromiso, un día aquí, dos allí, una semana acullá y otra vez en marcha.

Aparentaba unos treinta y tantos y sus facciones eran agradables de ver, aunque no era lo que se dice guapo. No era ni alto, ni bajo, ni gordo, ni flaco, ni rubio, ni moreno.
Llevaba el pelo largo y desgreñado y sus ropas no respondían a moda alguna, cogía lo que se encontraba por ahí, lo que podía y se lo ponía, sin reparos, sin escrúpulos. Si era invierno pues intentaba agenciarse algo que le protegiera durante esos meses, porque no habría muchos cambios de ropa en ese tiempo, ni duchas que no fueran una lluvia que le cogiera desprevenido. Solía llevar abrigos de lana, gorro, guantes, botas militares, todo lo que le ofrecían le venía bien. No era exactamente un vagabundo, era, un caminante sin rumbo, un alma perdida a la que nadie encontraba, ni buscaba.

En su mochila llevaba metidos sus enseres de uso particular, era su compañera inseparable, negra, grande y ajada por el tiempo y el uso.
Hacía trabajos que ninguna persona del lugar quería hacer en los pueblos a su paso, recogía cartones, limpiaba estercoleros, cuidaba gorrinos en naves inmundas, vaciaba alcantarillas hediondas... y todo ello a cambio de lo que le ofrecieran, sin exigencias, sin contratos, le bastaba con sacar para comer  y buscar donde pasar la noche sin morirse de frío por las heladas. En algunos sitios ya le conocían de años anteriores y no le ponían pegas, sabían que no era conflictivo ni peligroso. Algunos le ofrecían cama y comida a cambio de su trabajo y él aceptaba de buen grado. Tenía buena conversación y sabía y entendía de casi todo. Contaba historias al anochecer al calor de la lumbre y sus historias dejaban embobados a pequeños y no tan pequeños que lo oían sin pestañear. Había recorrido casi todo el país, unas veces caminando largos trayectos, otras haciendo autoestop en carreteras casi desiertas, siempre en movimiento. No hablaba nunca de su familia, ni de su casa, nunca contó si tenía hermanos o si sus padres aún vivían.

Cuando empezaba a apretar el calor, se iba despojando progresivamente de la ropa que le iba estorbando, no guardaba nada, lo daba por inservible, lo tiraba y seguía su camino. Terminaba llevando un pantalón corto y una camisa, o cualquier camiseta de tirantes que encontrara al paso en cualquier tendedero al aire libre por donde pasara. Cuando se acercaba esa época del año, procuraba irse acercando a lugares de la costa, cerca de las playas y allí pasaba esa temporada. A veces se mezclaba con pandillas de surfistas en la playa, con hippyes que hacían vida en sus roulottes o incluso en tiendas de campaña y a los que se acercaba al caer la tarde con la escusa de echarse un cigarrito. Le era bien fácil que le hicieran un hueco entre ellos, le invitaban a participar de lo mucho o poco que tuvieran para cenar y terminaban tocando la guitarra alrededor de la hoguera...

Airam E. M.

martes, 7 de febrero de 2017

EXTRAÑOS CON RECUERDOS...



Su voz me erizaba la piel como ninguna, tenía ese don especial. 
Hablaba conmigo durante horas y aunque el reloj volaba, el día parecía detenerse y daba igual si era lunes o ya estábamos de nuevo a jueves.
Luchábamos un cuerpo a cuerpo encarnizado de palabras, a veces cortantes y punzantes, que incluso rayaban en lo hiriente, pero incluso eso nos volvía locos de amor. 
Otras veces flotábamos entre nubes de algodón, en lo más alto, por encima incluso de la capa de ozono y sentíamos como nos quedábamos sin oxígeno.
Había algo en esa voz que me producía un extraño cosquilleo desde la planta del pie, hasta la punta del último pelo y me lo electrizaba por completo.
A veces me hacía sentir muy bien, a conciencia, otras, me dejaba inerte, me ataba de pies y manos y me tiraba en paracaídas. Pero el paracaídas igual tardaba en abrirse más de la cuenta, o lo empujaba el viento en dirección contraria y se alejaba de la ruta marcada.
Me encantaba mirarlo hablar, gesticular, lo imaginaba de mil maneras y me inventaba lo que no sabía, lo que no me acordaba de preguntarle.
Siempre había algo nuevo que quería contarle, mi vida y la suya eran dos afluentes del mismo río. Llegábamos al mar y nos tumbábamos en la arena de su orilla, con el sol en la frente, agarrados de la mano. 
No dejaba de ser verano en nuestros ojos, incluso en pleno enero, con el calor que derrite los icebergs que se cruzaran al paso, fundidos en un beso. 
Era de día y de noche a la vez y la luz brillaba igual de intensa que el primer instante que se vieron.
Así es el amor, para todos igual, para cualquier enamorado, que piensa que nadie ama como él, que nadie le amará como ella. 
De repente, un día cualquiera, cuando menos te lo esperas, uno de los dos se cansa, se desenamora, se desespera, se desencanta, deja de sentir.
El otro no, el otro no entiende que ha pasado, no lo comprende, se rompe en mil pedazos por dentro y quiere morir. 
Intenta desesperadamente reclamar la atención del otro, convencerle, hacerle entender, preguntarle qué pasó, si existe otra persona... 
Todo está perdido. Terminó. Igual que empezó, como dos completos extraños. Como dos personas que a pesar de que se entregaron en cuerpo y alma ya no tienen nada en común... Bueno sí; son dos extraños con recuerdos. 
Se dejaron ir, como si no se conocieran de nada, perdieron las ganas de luchar el uno por el otro y olvidaron las veces que se decían "eres lo más importante de mi vida".

Airam E. M.

(Foto de la red)

sábado, 4 de febrero de 2017

MI UNIVERSO ERAS TÚ...



Cuando todo era posible... 
Cuando nada importaba... 
Cuando nos dejábamos llevar por los suspiros...
Cuando amanecía la vida en mis pupilas y las tuyas se miraban en mi.

Cuando la primavera estallaba alrededor,
la risa era la banda sonora de mis días,
y la inocencia inundaba cada poro,
cada resquicio del alma.

Cuando despertaba la esperanza
y no había más camino que el tuyo,
los espejos eran nítidos
y el sol no dejaba de brillar.

Cuando era sorda, ciega y muda,
y la noche, por negra que fuera
tenía la luna más bella...
y mi universo eras tu.

Airam E. M.

(Imagen de la red)


miércoles, 1 de febrero de 2017

PERFECTA COARTADA...



A pesar del frío invierno, su sonrisa era un sol de verano para mí. 
Subió y bajó mil veces, desde el más profundo de los abismos, al arco iris más brillante.
Iba cargada de deseo, y regalaba besos y caricias por doquier.
Su segundo apellido era Locura y lidiaba a cada paso con la sombra de la nada.
Triunfadora de batallas perdidas.
Sin duda una soñadora trasnochada.
Bailaba desnuda con la luna en el alfeizar de cualquier ventana.
Rompía la copa tras el último sorbo de vino tinto y de repente, todo era distinto.
Su silencio lo decía todo, sin palabras, sin sonido y mi vida recobraba otro sentido.
Destilaba magia por los cuatro costados, de frente, de espaldas, de perfil y de lado.
Mantenía sus palabras al borde de la boca, cuidadosa, despierta, con la sonrisa loca.
Me empujaba con fuerza, me mostraba la puerta que lleva a la salida.
No sabía amar y le resultaba amargo el amor de seguido, le cansaba.
Hablaba en sueños, sin saber si de verdad dormía o solo dormitaba.
Cuando creía haber perdido al amor de su vida, le dolía el corazón y se compadecía.
Se incendia cuando ama y le da al amor el nombre de fuego.
Podía romperse en mil pedazos para encajar en su puzzle ficticio, como si tal cosa.
Era la bala perdida en busca de mi pecho y yo fui su diana, su blanco fácil, su víctima y su perfecta coartada.

Airam E. M.


(Imagen de la red)

ESPACIOS VACÍOS...



Miraba la llama parpadear entre las sombras, en una danza saltarina, monótona y crepitante. 

No todos los sueños terminan al abrir los ojos..., otros terminan incluso antes de que  estos se acaben de cerrar.  
El frío de la estancia parecía reconcentrarse alrededor de su cuerpo, que a ratos tembloroso, se frotaba con sus propias manos.
La tarde se iba, gris y fea, entre nubarrones grises y un fino viento que se metía por los huesos sin piedad. El silencio era absoluto, dentro y fuera. 
Decidió salir a caminar, así sin rumbo fijo, dejando que su mente vagase al compás de su cuerpo, a donde le llevasen sus pies.
Los semáforos cambiaban de color a su paso en una sinfonía sorda de colores, mientras ella cruzaba calles sin pararse a mirar. Las bocinas de los coches se desataban con estrépito, en una marabunta desordenada y ella seguía su paso, sin inmutarse.
Había pasado alguna que otra vez por aquella zona de la ciudad a la vuelta de su trabajo, siempre en el autobús de línea, siempre a la misma hora, en el mismo asiento, con el mismo cansancio en los ojos. 
En la esquina de una de las calles principales que daba a la plaza, señorial y altivo se alzaba un gran edificio. Era un hotel antiguo, abajo, en la zona orientada al sur. Tenía la cafetería, coqueta e iluminada con unas grandes cristaleras a través de las cuales, en los días de sol, todo resplandecía de un modo increíble. Decidió entrar.
El suelo era de madera, se notaba en él el paso de los años, pero a pesar de ello, estaba muy bien conservado y muy limpio, casi con el brillo de un espejo. 
La barra estaba de frente a las cristaleras, amplia y clara, de mármol rosa y madera y todo estaba colocado detrás de ella con un gusto exquisito. 
Había unas cuantas mesas bien distanciadas unas de otras, reservando la suficiente intimidad de los usuarios, a veces tertulianos, otras parejas de novios, o incluso algún solitario empedernido, de los que busca el retiro y la observación sin que nadie le incomode.
Buscó la más retirada, una mesita redonda, con el pie de forja oscuro y la encimera de mármol rosa.  Aunque la verdad, aquel día no había mucha gente, la tarde no invitaba a salir de casa. 
Se sentó allí, junto a las grandes cristaleras y se dispuso a observar el paso de los escasos peatones, así, sin prisa, como si tuviera por delante todo el tiempo del mundo.
Nadie la esperaba en casa. Ni siquiera llevaba teléfono consigo, tan solo unas monedas en el bolsillo que le darían justo para ese café.
- Buenas tardes. ¿Qué va a tomar?
- Me pone, por favor, un café con leche bien caliente.
- ¿Desea usted algún pastel para acompañar el café?
- Muchas gracias, de momento el café es todo.
El camarero estaba vestido elegantemente y con una pulcritud intachable, era educado y simpático y parecía conocer muy bien a los que frecuentaban el local.
La señora de la mesa contigua le llamaba por su nombre, con familiaridad:
- ¿Carlos has visto esta tarde a mi marido por aquí? 
- No Marta, creo que esta tarde ya no vendrá, él suele venir más temprano.
Ella era una mujer de unos cuarenta, rubia y muy bien arreglada, iba acompañada de su hija pequeña y una amiga y llevaban un perrito. Hablaba por los codos, con un tono de voz bastante alto y creo que no le importaba en absoluto si la gente de alrededor se enteraba de sus temas de conversación, al contrario, creo que necesitaba ser el centro de las miradas. Sonreía en exceso e incluso, dejaba escapar alguna palabra mal sonante con toda naturalidad. La niña era una preciosidad y no paraba de jugar con su perrito, era una estampa encantadora aquella.
Se había puesto a llover, así es que algunos transeúntes, entraron buscando refugio mientras en la calle se encendían las primeras farolas. Estaba a punto de levantarse para marcharse, el agua de la lluvia le vendría bien de camino a casa. Al levantarse se encontró frente a frente con una cara que le era familiar, no supo que decir mientras aquél hombre la miraba de pie frente a ella, silencioso durante un momento.
- Me permite que me siente y la invite a un café.
- Es tarde. Ya me iba.
- Estoy de paso en la ciudad. Será un momento. No me diga que no, por favor.
Bajó la mirada al tiempo que volvió a sentarse algo apurada, casi nerviosa, porque a pesar de que le resultaba conocido, no lograba del todo recordar.
Él pidió dos cafés y a ella, el eco de su voz le resonó en lo más profundo de las entrañas. Volvió a mirarle a los ojos, despacio, mientras él le sonreía, con esa sonrisa pícara, con esa mueca inconfundible. 
El camarero trajo los cafés y los dejó sobre la mesa, sus manos se rozaron levemente al coger las tazas y el mundo se tambaleó bajo sus pies. Durante tanto tiempo ella había escrito, como si no tuviera otra forma de llenar los espacios vacíos de su vida, esos, que se encuentran en todas las cosas rotas.

Airam E. M.


(Imagen tomada de la red)